En un mundo incomprensible y en constante cambio, las masas habían llegado al punto de creerlo todo y nada a la vez, de creer que todo era posible y que nada era cierto. La propaganda de masas descubrió que su público estaba siempre dispuesto a creer lo peor, por absurdo que fuera, y no se oponía especialmente a ser engañado, pues consideraba que cualquier afirmación era, de todos modos, mentira. Los líderes totalitarios basaban su propaganda en la correcta suposición psicológica de que, en tales circunstancias, se podía hacer creer a la gente las afirmaciones más fantásticas un día, y confiar en que, si al día siguiente se les presentaba una prueba irrefutable de su falsedad, se refugiarían en el cinismo; en lugar de abandonar a los líderes que les habían mentido, protestarían diciendo que siempre habían sabido que la afirmación era falsa y admirarían a los líderes por su superior astucia táctica.

- Hannah Arendt